«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

lunes, 6 de mayo de 2013

Levante en llamas y el plan maestro de Washington

Dos puntos que no debemos pasar por alto: Primero, y desde una óptica medio-científica, el daño fundamental sufrido por la población iraquí es el resultante del bombardeo masivo con munición con uranio empobrecido, esto ha ocasionado que el material genético de la población en general se haya deteriorado dramáticamente, al punto que en la actualidad es responsable de deformaciones genéticas en los neonatos en proporciones sin precedentes en la historia de la humanidad. Segundo; la primavera árabes no es espontánea como sugiere el autor, sino una estrategia imperialista global para la reconfiguración de las fuerzas geoestratégicas en África y Oriente Medio, con el objeto de controlar las fuentes fundamentales de combustibles fósiles: Obsérvese que en un primero momento se ve vanguardizada por grupos de sujetos que manejan un simbología, discurso y teoría extraído del manual OTPOR y las revoluciones de colores (golpes suaves) desarrollado en el este europeo. Esta consideración no implica que no haya descontento en algún sector social, siempre las hay.

El artículo:


Criminales de Guerra

Por Moisés Saab
Corresponsal Jefe de Prensa Latina en Egipto

La violencia que envuelve a Irak amenaza devenir un huracán de alcances regionales por su interrelación con el conflicto sirio y pugnas subyacentes en estados del Levante, desatados por las ambiciones geoestratégicas de las potencias occidentales.

Un informe de la Misión de la ONU en Irak (UNMI, siglas en inglés) revela que durante abril pasado en ese país murieron 479 personas, en su inmensa mayoría civiles, a causa de atentados y ataques armados contra fuerzas de seguridad e instalaciones militares.

A poco más de una década de la invasión militar para derrocar al presidente Saddam Hussein, y la posterior ocupación militar, Irak es un campo de batalla en el que los actos terroristas son hechos cotidianos.

Lo primero que salta a la vista es que, en los análisis sobre la generalización de la violencia en ese país, resulta descrita como una pugna sectaria entre sunitas y chiítas, y pasan por alto la existencia de un conflicto generado por la incrementada presencia norteamericana en la zona, preparada por Washington desde hace más de dos décadas.

Esa apreciación se sustenta en la dual política de Washington frente al aviso temprano por el Gobierno de Saddam Hussein en el sentido de que se preparaba para solventar manu militari su diferendo fronterizo con Kuwait.

Está documentado que la embajadora estadounidense en Bagdad en la época, April Glasbie, aseguró a Hussein que "Estados Unidos no interfiere en asuntos árabes-árabes" y el ex mandatario lo creyó, para su mal, porque pocas semanas después lanzaría la invasión de Kuwait, país con el cual tendía diferendos económicos, políticos y territoriales, estos últimos heredados de la dominación colonial británica.

Hussein necesitaba el éxito fácil que pronosticaba en su incursión contra su vecino del sur después de ocho años de guerra con el Irán post monárquico, que le ocasionó una gigantesca deuda económica, terribles daños humanos y materiales, sin lograr su propósito: reincorporarse el Arabistán y mostrarlo como aval para apoyar su disputa con Siria por el comando regional del Partido BAAZ.

Para Washington fue una oportunidad dorada de abrir las puertas del golfo Pérsico a su presencia militar y dotarse de bases en el área, en la cual se extrae gran parte del petróleo que consume, y mejor aún, que utilizan sus a veces levantiscos aliados de Europa occidental, una palanca de presión que puede resultar útil en circunstancias extremas.

El resultado está a la vista: Irak sufre hace más de una década, desde el derrocamiento de Hussein, un huracán de pasiones desatadas que se manifiesta en una suerte de suicidio colectivo, lo cual el año pasado costó la vida a más de mil 200 personas, destrozadas por ingenios explosivos improvisados de alto poder destructivo y toda una gama de ataques armados superados unos a otros en letalidad.

Tan frecuentes son esos ataques que describirlos de manera que apelen a la lectura resulta cada vez más una tarea hercúlea para los profesionales de la comunicación.

Sin embargo, en el fondo de esas acciones subyace un elemento político conforme a lo que ha llegado a conocerse como el plan maestro de Washington para desactivar la oposición a los afanes expansionistas de Israel, fundamentado en la atomización de los estados en emiratos confesionales y étnicos en pugna, incapaces de ejercer influencia en una región en la cual Estados Unidos es muy impopular, para decir lo menos.

La baza es peligrosa y ello explica el cuidado que pone la diplomacia estadounidense en alentar conflictos regionales que ahora permanecen en estado inerte, pero que están listos a ser detonados si surgiera la necesidad.

El más candente es el enfrentamiento entre Irán y sus vecinos de la ribera occidental del golfo Pérsico, en especial con Arabia Saudita, y con la excepción de Omán, que mantiene relaciones normales con Teherán, pero cuya limitada extensión le impide ejercer un influjo de importancia en la solución de los diferendos.

Ejemplos al canto de esa táctica de neutralización: Libia post Gaddafi, un estado fallido donde milicias armadas se imponen a una mímesis de Gobierno; Siria, donde los grupos armados son incapaces de decidir un mando único y requieren apoyo israelí para mantenerse alentando, a pesar del enorme apoyo logístico y de personal que reciben del exterior.

Egipto, cuya influencia en los asuntos del Levante era constante desde la revolución nasserista de los años 50 del pasado siglo, está paralizado hace décadas, primero por el complaciente gobierno del derrocado ex presidente Hosni Mubarak y, en la actualidad, a causa de una polarización de la sociedad que lo tiene al borde de la ingobernabilidad.

A estas alturas pocas dudas quedan que la mal llamada Primavera Árabe fue un fenómeno inesperado para Washington, cuyos estrategas se vieron obligados a elaborar a la carrera un control de daños y, logrado esto, utilizarla en su beneficio, en la forma de pretextos para el inicio de los conflictos en Libia y Siria.

Pero como dice la ley de Murphy, siempre hay un quebradero de cabeza y en el camino de esa geoestrategia existe un factor, el humano, patente en septiembre pasado en la ola de protestas populares en el Levante, Asia, e incluso Europa y la lejana Australia, tras la difusión de un filme insultante para el profeta Mahoma.

Esa reserva moral y humana, alimentada por 65 años de rencores derivados del apoyo estadounidense a Israel existe, está latente y, como demuestran los imponderables, los resultados de su acción pueden resultar sorpresivos y, sobre todo, definitorios.


Prensa Latina

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