«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 12 de abril de 2013

Contribución al problema de las naciones o sobre la “autonomización” [138]



Continuación de las anotaciones taquigráficas
30 de diciembre de 1922

Me parece que he incurrido en una grave culpa ante los obreros de Rusia por no haber intervenido con la suficiente energía y dureza en el decantado problema de la autonomización [139], denominado oficialmente, creo, problema de la unión de las repúblicas socialistas soviéticas.

Este verano, cuando el problema surgió, yo me encontraba enfermo, y luego, en el otoño, confié demasiado en mi restablecimiento y en que los plenos de octubre y diciembre me brindarían la oportunidad de hablar de este problema [140]. Pero no pude asistir ni al Pleno de octubre (dedicado a este problema) ni al de diciembre, por lo que no he llegado a tratarlo casi en absoluto.

Me ha dado tiempo sólo de conversar con el camarada Dzerzhinski, que ha vuelto del Cáucaso y me ha contado cómo se plantea este problema en Georgia. También me ha dado tiempo de intercambiar unas palabras con el camarada Zinóviev y expresarle mis temores sobre el particular. Por lo que me ha contado el camarada Dzerzhinski, que ha presidido la comisión enviada por el Comité Central para “investigar” lo relativo al incidente de Georgia, yo no podía tener más que los mayores temores. Si las cosas tomaron tal cariz que Ordzhonikidze pudo perder los estribos y llegar a emplear la violencia física, como me ha hecho saber el camarada Dzerzhinski, podemos imaginarnos en qué charca hemos caído. Al parecer, todo este jaleo de la “autonomización” era erróneo e intempestivo por completo.

Se dice que era necesario para unir la administración. ¿De dónde han partido estos asertos? ¿No será de esa misma administración rusa que, como indicaba ya en uno de los anteriores números de mi diario, hemos tomado del zarismo, habiéndonos limitado a ungirlo ligeramente con el óleo soviético?

Es indudable que se debería demorar la aplicación de esta medida hasta que pudiéramos decir que respondemos de nuestra administración como de algo propio. Pero ahora, poniéndonos la mano en el pecho, debemos decir lo contrario, que denominamos nuestra a una administración que, en realidad, aún no tiene nada de común con nosotros y constituye un batiburrillo burgués y zarista que no ha habido posibilidad alguna de transformar en cinco años sin la ayuda de otros países y en unos momentos en que predominaban las “ocupaciones” militares y la lucha contra el hambre.

En estas circunstancias es muy natural que la “libertad de abandonar la unión”, con la que nosotros nos justificamos, sea un papel mojado inservible para defender a los no rusos de la invasión del ruso genuino, del patriotero, miserable en el fondo y dado a la violencia, como es el típico burócrata ruso. No cabe duda que el insignificante porcentaje de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista rusa como las moscas.

En defensa de esta medida se dice que han sido segregados los Comisariados del Pueblo que tienen una relación directa con la sicología de las naciones, con la instrucción pública en las naciones. Pero a este respecto, se nos ocurre hacer la pregunta de si es posible independizar a estos Comisariados y la de si hemos tomado medidas con la suficiente solicitud para proteger de veras a los no rusos contra el esbirro genuinamente ruso. Creo que no las hemos tomado, aunque pudimos y debimos hacerlo.

Me parece que en esto han tenido un efecto fatal la precipitación y las aficiones administrativas de Stalin, así como su enconamiento contra el decantado “social-nacionalismo”. Por lo común, el enconamiento desempeña siempre en política el peor papel.

Temo igualmente que el camarada Dzerzhinski, que ha ido al Cáucaso a investigar el caso de los “delitos” de esos “social-nacionales”, también se haya distinguido aquí sólo por sus ánimos genuinamente rusos (se sabe que los pueblos alógenos rusificados se pasan siempre de la raya en cuanto a sus ánimos genuinamente rusos), y que la imparcialidad de toda su comisión esté suficientemente caracterizada por el “guantazo” de Ordzhonikidze. Creo que ninguna provocación ni siquiera ofensa alguna puede justificar este guantazo ruso, y que el camarada Dzerzhinski tiene sin remedio la culpa de haber reaccionado con ligereza ante el bofetón.

Ordzhonikidze era una autoridad para todos los demás ciudadanos del Cáucaso. Ordzhonikidze no tenía derecho a dejarse llevar por la irritación a la que él y Dzerzhinski apelan. Al contrario, Ordzhonikidze estaba obligado a comportarse con un comedimiento que no se puede pedir a ningún ciudadano corriente, con tanto mayor motivo si éste es acusado de un delito “político”. Y la realidad es que los social-nacionales eran ciudadanos acusados de un delito político, y todo el ambiente en que se hizo esta acusación sólo así podía calificarlo.

A este respecto cabe hacer ya una importante pregunta de principio: ¿cómo comprender el internacionalismo?



Lenin
30.XII.22
Taquigrafiado por M. V.


Continuación de las anotaciones taquigráficas.
31 de diciembre de 1922

En mis trabajos sobren el problema nacional he escrito ya que el planteamiento abstracto del problema del nacionalismo en general no sirve para nada. Es necesario distinguir entre el nacionalismo de una nación opresora y el nacionalismo de una nación oprimida, entre el nacionalismo de una nación grande y el nacionalismo de una nación pequeña.

Respecto al segundo nacionalismo, los integrantes de una nación grande tenemos casi siempre la culpa de cometer en el terreno práctico de la historia infinitos actos de violencia; e incluso más aún: cometemos sin darnos cuenta infinitos actos de violencia y ofensas. Me basta con evocar el despectivo trato que se da en las regiones del Volga a los pueblos alógenos, la sola manera burlona de llamar “polaquetes” a los polacos, la sorna con que se llama siempre “príncipes” a los tártaros, “jojol” al ucraniano y “varón kapkásico” al georgiano y a los otros oriundos caucasianos.

Por eso, el internacionalismo por parte de la nación opresora, o de la llamada nación “grande” (aunque sólo sea grande por sus violencias, grande como un esbirro), debe consistir no sólo en observar la igualdad formal de las naciones, sino también esa desigualdad que, por parte de la nación opresora, de la nación grande, compense la desigualdad real que se da en la vida. Quien no haya comprendido esto, no ha comprendido la actitud verdaderamente proletaria ante el problema nacional; sigue sosteniendo, en el fondo, el punto de vista pequeñoburgués, y por ello no puede menos de pasar a cada instante al punto de vista burgués.

¿Qué es importante para el proletario? Para el proletario tiene no sólo importancia, sino que es de una necesidad esencial, gozar, en la lucha proletaria de clase, de la máxima confianza entre los pueblos alógenos. ¿Qué hace falta para eso? Para eso hace falta algo más que la igualdad formal. Para eso hace falta compensar de una manera u otra, con su trato o con sus concesiones a las otras naciones, la desconfianza, el recelo y los agravios inferidos en el pasado histórico por el gobierno de la nación dominante.

Creo que para los bolcheviques, para los comunistas, huelga meterse en explicaciones y entrar en detalles. Y creo que en este caso, respecto a la nación georgiana, presenciamos un ejemplo típico de cómo la actitud verdaderamente proletaria exige cautela, delicadeza y transigencia extremas por nuestra parte. El georgiano que desdeña este aspecto del problema, que hace despectivas acusaciones de “social-nacionalismo” (cuando él mismo es no sólo un “social-nacional” auténtico y verdadero, sino un burdo esbirro ruso), ese georgiano lastima, en el fondo, los intereses de la solidaridad proletaria de clase, porque nada frena tanto el desarrollo y la consolidación de esta solidaridad como la injusticia en la esfera nacional, y nada hace reaccionar con tanta sensibilidad a los nacionales “ofendidos” como el sentimiento de igualdad y la vulneración de esa igualdad por parte de sus camaradas proletarios, aunque sea por negligencia, aunque sea por gastar una broma. Por eso, en este caso, es preferible pecar por exceso que por defecto en el sentido de hacer concesiones y ser blandos con las minorías nacionales. Por eso, en este caso, el interés vital de la solidaridad proletaria y, por consiguiente, de la lucha proletaria de clase, requiere que jamás enfoquemos de manera formalista el problema nacional, sino que tomemos siempre en consideración la diferencia obligatoria en la actitud del proletario de la nación oprimida (o pequeña) ante la nación opresora (o grande).

Lenin
Taquigrafiado por M. V.
31.XII.22


Continuación de las anotaciones taquigráficas
31 de diciembre de 1922

¿Qué medidas prácticas se deben tomar en la situación creada?

Primero, hay que mantener y fortalecer la unión de las repúblicas socialistas; sobre esto no puede caber ninguna duda. Lo necesitamos nosotros, lo mismo que lo necesita el proletariado comunista internacional, para luchar contra la burguesía mundial y defenderse de sus intrigas.

Segundo, hay que mantener la unión de las repúblicas socialistas en cuanto al personal diplomático que, dicho sea de paso, es una excepción en el conjunto de nuestra administración pública. No hemos dejado entrar en él ni a una sola persona de alguna influencia procedente de la vieja administración zarista. Todo él, teniendo presentes los cargos de alguna importancia, se compone de comunistas. Por eso, este personal se ha ganado ya (podemos decirlo sin temor) el título de personal comunista probado, depurado, en grado incomparable e inconmensurablemente mayor de elementos de la vieja administración zarista, burguesa y pequeñoburguesa que esa otra a la que nos vemos obligados a recurrir en los restante Comisariados del Pueblo.

Tercero, hay que imponer un castigo ejemplar al camarada Ordzhonikidze (digo esto con gran pesar, porque somos amigos y trabajé con él en el extranjero, en la emigración), y también terminar de examinar o examinar de nuevo todos los documentos de la comisión de Dzerzhinski, para corregir la inmensidad de errores y de juicios apasionados que hay sin duda en ellos. La responsabilidad política de toda esta campaña de verdadero nacionalismo ruso debe hacerse recaer, como es natural, en Stalin y Dzerzhinski.

Cuarto, hay que implantar las normas más severas sobre el uso del idioma nacional en las repúblicas de población alógena que forman parte de nuestra Unión, y comprobar su cumplimiento con particular celo. No cabe duda de que, so pretexto de unidad del servicio ferroviario, so pretexto de unidad fiscal, etc., con la administración pública que tenemos ahora, se cometerá una infinidad de abusos de carácter ruso puro. Para combatir esos abusos se necesita una inventiva especial, sin hablar ya de la sinceridad singular de quienes se encarguen de hacerlo. Hará falta un código detallado, que sólo podrá estar algo bien en caso de que lo redacten individuos de la nación de que se trate y residentes en su república. A este respecto, en modo alguno debemos obcecarnos de antemano en que, como resultado de todo este trabajo, no retrocederemos en el siguiente Congreso de los Soviets, es decir, de que mantengamos la unión de las repúblicas socialistas soviéticas sólo en los aspectos militar y diplomático, restableciendo en todos los demás aspectos la completa autonomía de los distintos Comisariados del Pueblo.

Debe tenerse presente que el fraccionamiento de los Comisariados del Pueblo y la falta de concordancia de su labor con respecto a Moscú y los otros centros, pueden contrarrestarse lo suficiente por el prestigio del Partido, si éste se emplea con la discreción e imparcialidad precisas; el daño que pueda sufrir nuestro Estado por la falta de administraciones públicas nacionales unificadas con la rusa es incalculable e infinitamente menor que el daño que se nos inferirá no sólo para nosotros, sino s toda la Internacional, a los cientos de millones de habitantes de Asia, la cual debe salir al proscenio de la historia en un próximo futuro, siguiéndonos los pasos. Sería un oportunismo imperdonable que, en vísperas de esta acción del Oriente, en los comienzos de su despertar, menoscabásemos el prestigio que tenemos en él aunque sólo fuese con la menor aspereza e injusticia hecha a nuestras propias naciones alógenas. Una cosa es la necesidad de cohesión contra los imperialistas de Occidente, que defienden el mundo capitalista. En este caso no puede haber dudas, y huelga decir que apruebo sin reservas estas medidas. Y otra cosa es cuando nosotros mismos adoptamos, aunque sea en pequeñeces, actitudes imperialistas frente a naciones oprimidas, poniendo así en tela de juicio toda nuestra sinceridad en la adhesión a los principios, toda la defensa que hacemos de la lucha contra el imperialismo. Y el mañana de la historia universal será el día en que se despierten definitivamente los pueblos oprimidos por el imperialismo, los cuales han abierto ya los ojos, y en que empiece la larga y dura batalla decisiva por su emancipación.

Lenin
31.XII.22
Taquigrafiado por M. V.

Publicado por primera vez en 1956 en el número 9 de la revista “Kommunist”.
T. 45, págs. 356-362.


Notas


[138] El motivo que indujo directamente a Lenin a escribir esta carta fue un conflicto habido en el Partido Comunista de Georgia entre el Comité Territorial de Transcaucasia del PC (b) de Rusia encabezado por G. Ordzhonikidze, y el grupo de P. Mdivani, el cual frenaba de hecho la unificación económica y política de las repúblicas transcaucásicas y pretendía, en realidad, mantener separada a Georgia, haciendo así el juego al nacionalismo burgués y a los mencheviques georgianos. Ordzhonikidze incurrió asimismo en graves errores. No mostró la debida flexibilidad y precaución en la aplicación de la política nacional del Partido en Georgia, empleaba métodos de orden y mando, se precipitaba en la aplicación de algunas medidas y no siempre tenía en cuenta la opinión ni acataba las atribuciones del CC del PC de Georgia. Ordzhonikidze tampoco mostró el debido aguante en las relaciones con el grupo de Mdivani.

En la carta Contribución al problema de las naciones o sobre la “autonomización”, Lenin explicó los problemas de mayor importancia de la política del Partido con respecto a las naciones. Tenía esta carta por un documento directriz, le concedía suma importancia y se proponía publicarla más tarde como artículo. Pero el súbito y brusco agravamiento de su enfermedad, a partir del 6 de marzo de 1923, le impidió dar las disposiciones definitivas el particular. El 16 de abril de 1923, L. Fotiéva, secretaria de Lenin, envió al Buró Político del CC del PC(b) de Rusia esta carta, que fue dada a conocer en reuniones separadas de las delegaciones que asistieron al XII Congreso del PC(b) de Rusia. Conforme a las indicaciones de Lenin, en el proyecto de resolución del congreso sobre el problema nacional se introdujeron importantes modificaciones y adiciones.

[139] “Autonomización”: idea de ingreso de todas las repúblicas soviéticas nacionales en las RSFSR según los principios de la autonomía. El proyecto de “autonomización” fue propuesto por J. Stalin. Lenin criticó duramente este proyecto y propuso una solución completamente distinta por principio: la agrupación de todas las repúblicas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con igualdad completa de derechos. El 30 de diciembre de 1922, el I Congreso de los Soviets de toda la URSS adoptó el acuerdo de formar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

[140] Se trata de los Plenos del CC del PC(b) de Rusia, que se reunieron en octubre y diciembre de 1922. En el orden del día figuraban cuestiones de la formación de la URSS.


Crítica Marxista-Leninista
Obras Escogidas de Lenin en 12 tomos,
Editorial Progreso, Moscú, 1973, tomo 12.

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