«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 28 de diciembre de 2012

Asalto a la casa del somocista Chema Castillo

El comando “Juan José Quezada” en La Habana, Cuba. De izquierda a derecha, de pie: Leticia Herrera, Hilario Sánchez, Javier Carrión, Omar Halleslevens, Joaquín Cuadra, Alberto Ríos, Róger Deshón, Eduardo Contreras. Abajo: Germán Pomares, Hugo Torres, Olga Avilés. Eleonora Rocha y Félix Pedro Picado.

La Dirección Nacional decidió realizar una acción audaz para rescatar una constelación de cuadros que ya tenían varios años -algunos hasta siete- de estar en la cárcel. Después de tomarnos un litro de café y de fumarnos una cajetilla de Esfinge, en la cercanía de una lluvia tumultosa de agosto, por la madrugada, Pedro Aráuz me preguntó qué ideas tenía para liberar a los presos sandinistas.

Déjame pensarlo, le dije. Entonces él sugirió una idea que Carlos Fonseca ya había indicado como posibilidad. De inmediato, sin decirle nada, me autorreproché la pobreza de imaginación. Si, ¡ésa era la salida!

Ya habíamos descartado un plan temerario: la fuga de los prisioneros en complicidad con algunos guardias. José Benito Escobar y Daniel Ortega escribían larguísimas cartas con letra microscópica; en ellas insistían sobre la posibilidad real de la fuga, y en su confianza en los guardias reclutados.

Las cartas se leían con los ojos de lupa de Eduardo Contreras o con la lupa que guardaba Federico en su inseparable maletín, que abría con sonrisa misteriosa, esquivando revelar su contenido.

Escogimos, para ocultar a los prófugos, la finca del colaborador histórico Yico Sánchez, cercana a Jinotepe; exploramos todas las rutas de acceso, las vías de retirada en caso necesario, las armas para apoyar la hazaña.

Se me responsabilizó con los detalles; me puse al frente del grupo de conductores y del personal de apoyo que esperaría a los sandinistas prisioneros en el lugar acordado, cerca del penal de Tipitapa.

La verdad es que me daba escalofríos el solo recuerdo de la fuga frustrada de Edwin Castro, Cornelio Silva y Ausberto Narváez, condenados a treinta años por el ajusticiamiento del viejo Somoza. El guardia -en este caso era sólo uno- los traicionó y los tres fueron asesinados. De todos modos había que rescatar a los compañeros, ya que, como decía Carlos, esto era imprescindible por elementales razones de solidaridad y porque contribuía a fortalecer la unidad interna. Además, los cuadros eran valiosos, necesarios para la continuidad del trabajo.

Hacían para celebrar efemérides o festejar a los políticos del régimen. Una vez que se tomó la decisión, se dieron los primeros pasos para cumplirla. Federico me dio instrucciones alrededor del entrenamiento del grupo que se llegó a conocer como Comando Juan José Quezada.

Leonel Espinoza y Charlotte Baltodano se las arreglaron para aparentar un matrimonio convencional. Se inició la búsqueda de una quinta para concentrar y darle entrenamiento militar a la futura unidad de combate.

Estuvimos a punto de alquilar una a orillas del río Tipitapa, la cual inspeccioné; no logro ahora precisar las razones por las cuales fue descartada. Por fin, se produjo el hallazgo de una quinta en Las Nubes, cerca de El Crucero, a pocos kilómetros de la capital, en plena sierra de Managua, donde hay frío, neblina, oscuridad.

Frente al Callejón de los Enamorados -donde las postas llegaron a escuchar suspiros, grititos ahogados, carros corriendo a velocidad prohibida sin moverse de su sitio- estaba la residencia, desde la cual se miraban el lago y las luces de la capital. La mayoría de los combatientes elegidos fueron concentrados desde los primeros días de octubre de 1974.

Un día de tantos, se reunió al grupo, se le dio un número a cada uno y, desde entonces, a nadie se llamaba si no era por su número. Se les estructuró en tres escuadras, sin tener en cuenta ningún orden jerárquico. Nadie sabía nada. Los combatientes se interrogaban entre sí, especulaban. Germán Pomares dijo a Joaquín Cuadra:

-El asunto es con una embajada porque yo oí a Eduardo decir no sé qué cosa... Vino el otro día Federico con Tomás y dijo algo. Yo creo que es a la embajada gringa que le vamos a caer.

Joaquín le respondió: -Hijueputa, pero si tiene muros inexpugnables... Esa embajada gringa... Es arrecho entrar ahí... Está difícil la cosa... Hay un montón de custodias...

Me produce aún una intensa ternura recordar cómo los integrantes de aquella unidad de combate siempre creyeron que la acción sería en extremo peligrosa y, sin embargo, en ningún instante se les cruzó por la imaginación que no fuera posible. Con el entrenamiento llegaron a tener confianza total en el éxito. Fue intenso. Se practicó centenares de veces cómo penetrar a un local e inmovilizar a sus ocupantes, improvisar parapetos, rechazar un ataque. Se simuló hasta cómo irían en los vehículos.

El ejercicio físico era tan fuerte que, a pesar del frío, el pulcro piso de la residencia quedaba, al final, empapado como si fuera la camiseta de un campeón olímpico. Dice el mismo Joaquín Cuadra: "Hacíamos ciento cincuenta o doscientas sentadillas muertos de risa". Podían, agrego yo, hacer hasta mil.

Se les dio un curso de táctica militar a nivel de compañía y de guerra de localidades; montaje y desmontaje de las armas, prácticas nocturnas. Se hizo un amplio cursillo sobre cómo enfrentar el interrogatorio enemigo. Se estudió Historia de Nicaragua, curso que impartió Eduardo Contreras, quien era obsesivo en el análisis de nuestras raíces.

En noviembre de 1974, el comando estaba listo para entrar en acción; pero, mientras tanto, no disminuía un minuto el entrenamiento.

Estaba lista la ropa que llevarían puesta, las medias que servirían de máscaras, los equipos individuales de pequeños auxilios, los pañuelos para amordazar si era necesario, y un sinnúmero de pequeños detalles: navajas, algunos alimentos, doscientas cosas. De esas grandes minucias se responsabilizó a Josefina Cerda (Valeria).

Los tres jefes de escuadra eran: Joaquín Cuadra, dilecto de Carlos Fonseca; Hugo Torres, que carga su corazón como una medalla, y Germán Pomares, fuerte, dulce de maíz y panela. El jefe político y militar, Eduardo Contreras (Marcos). Yo dirigí todo el entrenamiento.

Tomamos iniciativas inusitadas para mejorar la calidad del entrenamiento. Aprendieron y enseñaron cómo reconocer y montar, con los ojos cerrados, las piezas de los fusiles y pistolas; incluso, provocando, de antemano, la promiscuidad de las armas.

Se le hizo a cada uno la prueba de la granada, que consistía en rodar por el suelo una granada desactivada a la que se le había quitado el pasador y se le caía en forma accidental al instructor, para observar las diferentes reacciones frente al peligro.

La escuadra de Hugo Torres era profesional; Hugo, recto, afectuoso, tiene la mirada de un búho, la gente lo quiere. La de Joaquín, estudiosa. La escuadra de Germán Pomares, extrovertida. A ella pertenecían Olga Avilés López, militante histórica, Róger Deshón, un tremendo jodedor. Este último grupo estaba ubicado en el fondo de la casa el cuarto de las empleadas-, un lugar estratégico.

Fumar estaba prohibido casi con la pena de muerte y beber un trago era algo así como ser culpable del asesinato de la abuela materna.

En el cuarto había una bujía roja y, en los momentos de recreación, nos íbamos a ese cuarto, poníamos música y armábamos bailaderas con las compañeras (...) El Chaparro, Leonel Espinoza, nos metía cigarrillos de contrabando (...) Aprovechábamos que ese cuarto quedaba retirado del de Tomás y Eduardo, donde estaba la jefatura. Poníamos en el comedor una posta que nos avisara si venía Tomás o Eduardo y encendíamos la luz roja y empezábamos a bailar con las compañeras imaginándonos que estábamos en algún cabaret. Los compañeros nunca nos encontraron... Era una especie de discotheque (...) Era la conspiración dentro de la conspiración (...)

El 24 de diciembre bebieron Flor de Caña -una botella entre todos- y un cigarrillo por escuadra. ¡Qué clase de ingenuos somos, casi siempre, los jefes! El grupo era de una calidad moral, política y física, insuperable.

El equipo de información que había organizado Eduardo Contreras reportó una fiesta en casa de Noel Palláis Debayle, primo hermano de Somoza, a la que asistirían El Chigüín (Anastasio Somoza Portocarrero) y, era probable, la amante predilecta de su padre, Dinorah Sampson. Esta mujer, famosa por su belleza física y sus extravagancias, llegaría -de llegar, porque no se llevaba bien con la familia Palláis, que se relacionaba con la esposa oficial, doña Hope- con su cortejo de maquilladoras y su guardarropa, ya que cambiaba de trajes hasta tres veces durante una fiesta.

Asistiría también el embajador yanqui, que era, sin escapatoria, el ojo del pequeño huracán a cuyo alrededor los politiqueros sugerían una diputación, un viceministerio, una oficialía mayor. La recomendación del embajador o de la embajada -no le ponían apellido, así le llamaban, como si fuera un perro- era una orden acatada en todos los casos por el gobierno somocista. Desistimos en el último momento porque, qué suerte, no se pudieron capturar vehículos. La ojeada que le echamos a los alrededores nos demostró que en la residencia del pariente había más somocistas que en una concentración del Partido Liberal. La vigilancia era tan visible que llegamos a sospechar que llegaría el propio Somoza.

En Managua vivía, se regocijaba, un gordo -pero lo que se llama gordo- de origen judío, Laszlo Pataky, dueño, gerente, locutor, director, del radioperiódico El Clarín, quien era invitado a recepciones, cumpleaños, bodas, bautizos, hasta luego, efemérides, entrega de medallas y honoris causa.

Lo invitaban hasta a los etcéteras que eran los mejores, porque en ellos Pataky podía beber whisky hasta la inmolación. El leía con su propia, agradecida, desagradable voz, las invitaciones en El Clarín.

Un día de aquel diciembre de 1974, por la mañana, alguien escuchó -unos dicen que fue Joaquín, Joaquín dice que Germán Pomares, yo creo que fue Eduardo- que se daría una recepción en homenaje al embajador norteamericano en casa de José María Castillo Quant.

Creo que era algo parecido a una fiesta etcétera. Las ciento ochenta libras de Eduardo se movieron al ritmo de su excepcional agilidad mental. La decisión le brilló en el rostro con la misma intensidad con que, a veces, ponía en ráfaga la ternura.

Por la noche entró a funcionar el proyecto. Decidimos no asaltar un vehículo sino alquilar taxis y, después, apoderamos de ellos por la fuerza. De la residencia salieron en vehículos varios comandos del grupo de apoyo, dirigidos por Alvaro Baltodano y Mario Cardenal. Yo partí, con Leonel Espinoza, hacia una finca cerca de la carretera a León. Por los protagonistas supe lo que ocurrió después. Uno de los conductores de los taxis asaltados protestó, afligido, y dijo:

- Ya me jodieron, hermano. - ¿Cómo, por qué te jodimos? -preguntó Germán Pomares. - Soy hermano de Catún Sandoval. Nadie va a creer que no estoy metido en esto. -Enseña la licencia.

En efecto, era hermano de Catún, un sandinista conocido. El hombre empezó a golpearse con violencia para provocarse cholladuras, así creerían que había sido sometido por la fuerza. Durante el trayecto, Eduardo ordenó que abrieran y cerraran las puertas, para probar si funcionaban. Joaquín no hizo caso, y eso casi le cuesta la vida: a la hora de bajar, con la violencia y la rapidez necesaria, no pudo salir. Olga lo ayudó, y fueron los últimos en llegar a la casa asaltada.

Se formó un semicírculo y se disparó contra todo lo que se movía. Hilario Sánchez, impetuoso, abrió la puerta de la casa a empellones. Alguien disparó contra los que estaban afuera, hiriendo a Róger Deshón. Germán dijo a Joaquín: Cubrime. Joaquín creyó que Germán iba a entrar, pero lo vio correr hacia la acera de enfrente, donde estaba un vehículo estacionado. Germán se había dado cuenta de que el hombre que les disparaba estaba cambiando de magazine y aprovechó el momento. Regresó con agilidad. Entró a confrontar los rostros aterrorizados del embajador de Chile, de los hermanos Gallo, del gordo Pataky.

Germán dijo: - La cagamos. Aquí no hay nadie que valga la pena. Lo que veo es un montón de mujeres. - Si están las mujeres, deben de estar los maridos -razonó Eduardo-. Hay que buscarlos. Revisaron los roperos y encontraron un arsenal. Chema Castillo coleccionaba armas de guerra y, de un solo golpe, cada guerrillero quedaba dueño de tres equipos, con reservas de parque para cada uno. Exigieron a la esposa norteamericana del calvo ministro de Relaciones Exteriores que llamara al marido. Ella dijo con voz chillona: My dear, my dear. Come out, please!.

Se produjo el segundo tiroteo. El enfrentamiento fue con la escuadra de Hugo Torres, que cubría la cocina y el garaje. Una patrulla, que se aproximaba con lentitud, como olfateando el peligro, fue recibida por una lluvia de disparos. Algunos cayeron y otros abandonaron el vehículo y huyeron. Se pasó de la ofensiva a la defensa táctica, tal como se había previsto y para lo que estaban adiestrados.

El enemigo trató de abrir la puerta del patio, hizo un boquete y desde ahí disparó a ciegas. Germán y Joaquín accionaron las armas y algunos guardias fueron heridos o se retiraron. Chema Castillo ofreció resistencia y murió. El hecho se ocultó a los invitados. Se le pidió a la hija menor que saliera con un pañuelo blanco, y a las otras mujeres que gritaran. Eso detuvo el fuego enemigo.

Continuaba la preocupación por los rehenes. Germán repetía: no valen ni mierda.

Había una puerta que comunicaba con el patio contiguo. A los primeros rayos del sol, se envió a una de las mujeres rehenes para que explorara, y había algo en ella, cuando regresó, que despertó la malicia de Pomares.

-Cubrime -le dijo, en voz baja, a Joaquín Cuadra. Los pies del Danto se movieron con el sigilo de un bailarín.

Al otro lado, temblando, algunos orinados, otros cagados en los pantalones, estaban los peces gordos: Montiel Argüello, el canciller; Danilo Lacayo, gerente de la Esso; el famoso Chato Lang, íntimo de Somoza; e Iván Osorio Peters. La esposa de éste, según se supo, se había tragado un anillo de brillantes que logró depositar, después que pasó todo, en blanca bacinilla, no sin antes tomarse un purgante de castor. Algo menos desagradable que la voz de Laszlo Pataky.

Sobre todo, estaba Guillermo Sevilla Sacasa, el cuñadísimo de Somoza -el marido de la reina del ejército, de la glotona Lilliam Somoza, de la muchacha del billete de a peso con una pluma de piel roja en la frente- que era un artista del alcohol y la buena mesa.

Ahora sí, nos sentimos reyes, dijeron los combatientes. Eduardo Contreras inició las negociaciones. Incluso, habló por teléfono con Somoza. El aspecto más difícil fue el del dinero. Se solicitaban cinco millones de dólares. Se argumentó que los bancos estaban cerrados, en Nicaragua no había tal cantidad. Pura mierda.

Eduardo Contreras, cuyo seudónimo para este operativo era Cero, pidió el parecer de sus hombres. Germán Pomares dijo que un millón -que era la cantidad ofrecida- no era nada, que sólo Guillermo Sevilla valía los cinco millones. La mayoría, sin embargo, se inclinó por aceptar el millón, ya que se había logrado lo fundamental: la liberación de los presos y la difusión de dos comunicados por radio, televisión y periódicos. Eduardo aceptó. El intermediario fue monseñor Miguel Obando y Bravo.

Publicaron los comunicados. Los oí desde la finca en la que estaba oculto. Se me había encomendado la tarea de redactar el No. 2; el No. 1 nos lo envió Henry Ruiz desde la montaña.

Fue discutido durante largo rato lo que se llamó, en el interior del comando, la retirada, es decir, los pasos a seguir una vez cumplidas las demandas: cómo llegar hasta el aeropuerto donde esperaba un avión de La Nica que los conduciría a Cuba, después de que el gobierno de ese hermano país aceptara a los prisioneros y sus libertadores. Se propusieron tres rutas y, en el último momento, el comando seleccionó una.

Llegó el autobús. Monseñor Obando entró a la casa y aseguró que todo estaba bien. Se le indicó al conductor dónde debía estacionarse. Joaquín Cuadra salió con Guillermo Sevilla, quien resintió el frío del cañón de una Browning en la sien. Después de comprobar que en el autobús no había nada anómalo ni sospechoso, regresó Joaquín con Sevilla. Germán retuvo al conductor, a quien se le ordenó bajar para registrarlo.

De inmediato salieron los comandos. Cada uno con un rehén: Eduardo Contreras, Joaquín Cuadra, Hugo Torres, Germán Pomares, Javier Carrión, Róger Deshón, Leticia Herrera, Olga Avilés, Eleonora Rocha, Ornar Hallesleven, Hilario Sánchez, Juan Antonio Ríos y Félix Pedro Picado.

En ese instante se acercó un vehículo desde el que varias mujeres vieron con asombro lo que estaba ocurriendo; por un descuido, lo dejaron pasar a la zona prohibida, y los comandos, que no creían en nadie, estuvieron a punto de disparar. Monseñor Obando se dirigió a pie hasta el vehículo, dio una breve explicación a sus ocupantes y les pidió que se retiraran.

Joaquín iba detrás del conductor. Eduardo y Germán Pomares, cerca de la puerta. Los rehenes fueron colocados al lado de la ventana, los comandos al borde de cada asiento.

Joaquín indicó al conductor por dónde debía maniobrar y le pidió que tocara la bocina durante el trayecto. El autobús fue identificado y las banderas del Frente Sandinista, que los compañeros desplegaron, fueron seguidas por motocicletas, automóviles, camarógrafos, fotógrafos, periodistas, todo el mundo.

Joaquín Cuadra no olvidará ni una de las muchas imágenes de aquel trayecto. Yo leía en sus labios, dice Joaquín; decían viva a algo, debe de haber sido al amor, a la alegría. Nos saludaban con sus manos blancas, porque la cal estaba encima de las pieles oscuras. En los ojos de los albañiles había una luz que se fue con nosotros y nos acompañó en el combate de los días siguientes. ¡Qué recompensa! Ellos viven. Nosotros vivimos. Siempre estarán en nuestras vidas, dirían los comandos, diría Joaquín Cuadra Lacayo, jefe de escuadra, el número siete.

Llegan al aeropuerto. Ya los prisioneros liberados están en el avión: José Benito Escobar, Daniel Ortega, Lenin Cerna, Carlos Guadamuz, Julián Roque, Oscar Benavides, Alí Rivas Vallecillo, Jacinto Suárez. El avión cruza como una centella. En Cuba está esperándolos Carlos Fonseca. 

Tomas Borge
"La Paciente Impaciencia"

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