«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 29 de marzo de 2011

Doctor Alejandro Dávila Bolaños

Alejandro Dávila Bolaños

Uno sólo de los libros que escribió Alejandro Dávila Bolaños bastaría para que jamás, mientras exista Nicaragua, sea olvidado. Las generaciones por venir encontrarán en su obra de notable investigador de nuestra cultura indígena los mejores trabajos hechos hasta hoy para desentrañar la riqueza de nuestro pasado más remoto. Tendrán en los libros de Alejandro Dávila Bolaños el camino que su inteligencia abrió para continuar con fe en lo nicaragüense todo el futuro por venir. La eternidad.

Hombre extraordinario y sencillo, como todos los grandes hombres, consagró el brevísimo paso que es la vida a desarrollar una labor que ya es y lo será para siempre, patrimonio de la cultura nacional, en beneficio del pueblo bajo cuya inspiración y para quien trabajó siempre Alejandro.

Dentro de ese esquema y ese propósito, al que fue leal hasta su holocausto, es Alejandro Dávila Bolaños el único estudioso de "El Güegüense" que nos legó una interpretación dialéctica de ese drama épico indígena considerada -por todos quienes han laborado sobre ella- como la obra más antigua del teatro indígena indoamericano.

El profundo dominio que tenía de la dialéctica le facilitó esa interpretación, al tiempo que le permitió encontrar en el trasfondo de una obra teatral popular los términos de la lucha que conforman el único motor de la historia.

"Comenzada la Conquista -escribió Alejandro en su introducción a "El Güegüense"-, comenzó el genocidio sistematizado de la tribu indígena. Primero fueron exportados como ganado hacia las islas de las Antillas donde la población aborigen ya había desaparecido en su totalidad. Después siguieron los éxodos en masa, hacia las regiones mineras del norte, centro y oriente del país, por razón de que los naturales de aquellos lugares, huían hacia las montañas, no dejándose capturar, y oponiendo tenaz y victoriosa resistencia. Por último las Encomiendas y el trabajo forzado y gratuito, diezmaron aterradoramente la población aborigen, que en menos de cincuenta años había descendido de dos millones a escasos 300 mil, cifra que sólo hasta después de 1975, volveremos a recuperarla..."

¿Cómo respondieron los indígenas a esta matanza continua? -se pregunta en otro de los párrafos de la referida introducción. Y contesta: -Todos los cronistas relatan de muy diversos modos, los constantes levantamientos que los naturales hicieron permanentemente. Pero sobre todo llama la atención la primera gran huelga de úteros del mundo, que las mujeres indígenas nicaragüenses, en una protesta sin precedentes contra la esclavitud de que eran víctimas, realizaron durante el mandato de Pedrarias Dávila. Y documenta su teoría con el testimonio de Gómara: "No dormían (los indios) con sus mujeres para que no pariesen esclavos de españoles. Y Pedrarias, como en dos años no nacían niños, les prometió buen trato, y así parían o no los mataban".

Singular protesta, única en su género, que nos demuestra el temple y la calidad moral de los indígenas, que preferían renunciar al instinto primario de perpetuarse en el espacio-tiempo, antes de traer hijos que vivieran en la indignidad humana".

Y de ese temple y calidad morales era el propio Alejandro Dávila Bolaños. Descendiente él mismo de aborígenes mangues o chorotegas, había nacido en Masaya el año de 1922, cuando ya el general Augusto César Sandino se encontraba trabajando en La Ceiba y los marines yanquis permanecían hoyando el territorio de nuestra Patria.

Toda la obra de Alejandro Dávila Bolaños está llena del empeño rescatador del coraje y la dignidad del hombre nicaragüense. Coraje y dignidad con que él mismo enfrentó la vida y la muerte durante toda su existencia.

"Semántica náhuatl de los nombres geográficos de Nicaragua", "Semántica náhuatl de la flora y la fauna de Nicaragua", "Semántica de la mitología nicaragüense", "Los Maribios-Chontales de León"; "Biografía de un Cacique: Diriangén"; nuestro más remoto héroe antiimperialista, son apenas unas cuantas de las muchas tareas investigativas que Alejandro realizó.

De su puño y letra escribió una vez en la guarda de uno de sus libros refiriéndose a él mismo: "Consciente del subdesarrollo del país, trabaja con intensidad en su profesión de médico. En sus ratos de reivindicación escribe poesía de denuncia que sólo conocen sus amigos".

Sus amigos eran millares de compatriotas humildes, especialmente campesinos a quienes atendía como apóstol de la medicina, casi siempre sin recibir ninguna retribución como honorario por sus servicios. Por eso lo bautizaron con el nombre de "Médico de los pobres". ¡Esos eran los reconocimientos que a él le enriquecían mucho más que cualquier suma de dinero!

Junto a los pobres estaba también el día que lo asesinaron. La crónica de la siega informó oportunamente que, junto con otras personas, entre las que se encontraba el también médico Eduardo Selva, fue extraído del propio quirófano del Hospital de Estelí en donde practicaba una operación de urgencia a un herido en las acciones insurgentes de Semana Santa de 1979 en Estelí, y luego conducido al patíbulo y a la posterior quema de su cadáver. Sólo uno o dos días antes había conversado con varios periodistas que llegaron de Managua a cubrir la insurrección. Estos le habían sugerido la necesidad de que abandonara Estelí por el peligro que corría su vida. Un rotundo NO fue su respuesta, explicando que su deber era atender a los enfermos, permanecer en la ciudad donde había compartido los años más felices de su vida junto a su amada "mama", la compañera Merceditas, a la que amó como a una novia hasta la hora de su holocausto. Y en esa ciudad sus cenizas volaron anunciando el nuevo día de Nicaragua. Nos imaginamos esas cenizas cual hermanas gemelas de aquellas que elevaban los indígenas de los tiempos de la conquista alertando a las tribus de otras regiones el paso homicida y sangriento de los conquistadores.

Alejandro Dávila Bolaños vivió y murió como un hombre. Como un revolucionario auténtico. Compartiendo la tragedia de su pueblo al que se consagró. Es un inmortal.

Por Ignacio Briones Torres

jueves, 10 de marzo de 2011

Homenaje a Verónica Y Susana....PLOMO

Yelba Maria Antunez ( Verónica)

Por Jossy (Aida A. Alemán)
Internacionalista Panameña, Brigada Victoriano Lorenzo

Ottawa, Canadá, Mayo 20.

A Mis Queridas Compañeras:
Verónica (Yelba María Antúnez y Susana (Marta Conrado): Columna Jacinto Hernández

Ya han pasado 32 años y no sé si celebrar o quizás llorar, la gran falta que nos han hecho en todo este tiempo, a sus familiares y a nosotros sus hermanos de lucha. Ese tiempo que no se fue con ustedes, es el tiempo que nos ha costado olvidar ese pasado. Hemos tenido todo tipo de heridas, pero la más profunda es las que nos dejo, el vacio inmenso que aun suda sangre en carne viva al no tenerlas con nosotros.

Verónica, recuerdas cuando te presentaron en el campamento? Te mirabas tan frágil y palidita, pero tan real y llena de tantas ideas políticas que me asustabas. No podía imaginar que alguien como tú, chica y menudita manejaba con destreza las palabras políticas con tal convicción, como tú. Pero ahí estabas con la dignidad cada vez más henchida y llena de aliento. Luchabas por ese país tan tuyo, y te mirabas tan niña, que tu voz tierna se introdujo en nuestros corazones. Tu sabida frase “Dame vos” nos inquietaba y nos hacía flaquear hasta llegar a tu meta de hacernos compartir lo que querías, porque eras nuestra niña.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Testimonio de una mujer de la semilla del general Sandino

Profesora Rosario Antúnez y Yelba Antúnez

Esta es nuestra historia heroica:

Profesora Rosario Antúnez, de 68 años, es colaboradora histórica del FSLN. Su casa en la ciudad de Ocotal, fue casa de seguridad para los guerrilleros del Frente desde el año 1974. También es madre de Héroes y Mártires ya que su hija mayor, Yelba María, murió en combate en Nueva Guinea en mayo del 79. Dos meses antes de su caída, Yelba había celebrado sus 15 años en una casa de seguridad en San José, Costa Rica.

Yo reaccioné ante las injusticias desde niña.

Mi padre fue exiliado del régimen del Dictador hondureño Tiburcio Carías Andino. Vino a Nicaragua y trabajó como administrador de una propiedad de un terrateniente allá en Nueva Segovia. A mi mamá le tocaba darles de comer a toditos los trabajadores, y a ella no le pagaban pero ni 5 centavos. Lo que le daba el patrón para cocinarles fue frijoles picados y arroz quebrado.

Cuando niña yo veía la miseria de los trabajadores de ese señor. Recuerdo una vez cuando tenía 4 o 5 años vi a un campesino retorcerse de dolor en el suelo. Mi mamá a como pudo comenzó a darle remedios caseros. Al día siguiente se fue buscando su casa que quedaba en otro departamento, pero dicen que murió en el camino. Ahora analizo que lo que él tenía tal vez era una apendicitis.

Ya cuando llegué a la ciudad de Ocotal a estudiar la primaria me fui dando cuenta del comportamiento de la Guardia Nacional. Fui testigo de muchos atropellos. Una vez miré unos guardias maltratar a un ancianito y cuando una mujer embarazada quiso protestar le dijeron que le iban a sacar su niño a culatazos.

También supe de los asesinatos de unos chavalos que habían metido preso por robo. Los fusilaron. Tal vez tendrían los chavalos unos 16, 17 años.

Todas esas situaciones, la miseria, la discriminación, el atropello, esas situaciones crean conciencia en los ciudadanos que son sensibles. Yo fui muy sensible ante esas situaciones y reaccioné.

En el año 74, cuando ya estoy trabajando como maestra en una escuela pública, un vecino me preguntó que si yo querría participar en el Frente Sandinista. No la pensé dos veces. Dije inmediatamente que sí. A partir de ese entonces mi casa se vuelve casa de seguridad para la guerrilla. También me encargué de reclutar más colaboradores para el Frente.

Por mi casa pasaron todos los comandantes guerrilleros de la zona; Bayardo Arce, Pedro Aráuz, Carlos Manuel Morales, Omar Cabezas, Mónica Baltodano y un montón de personas más. Yo cuidaba a toda esa gente que andaba en la clandestinidad.

Fui torturada psicológicamente en la cárcel.

A mí me llevaron tres veces a la cárcel entre septiembre y diciembre del 75. Me interrogaron. Me vendaron. Me empujaron. Pero nunca me hallaron nada. No hablé. No comprometí a los guerrilleros. Me llevaron a la corte y casi me acaban. Información no me sacaron pero era una presión horrorosa.
Tuve suerte porque un senador somocista amigo de mi familia habló. Por eso tal vez me consideraron. No me torturaron físicamente pero si psicológicamente. Me pusieron una bujía de 100 voltios cerquita de la cara para que no pudiera dormir. Llegaba un guardia al lado mío a estarme diciendo vulgaridades irrepetibles. No me dieron de comer tres días.

A mí me llevaron sobre todo porque querían sacarme información sobre un sobrino mío que se había ido a la clandestinidad. Ese sobrino, que se llama Carlos Manuel Antúnez, era portador de una clave entre Ocotal y Estelí. Ese clave era entre él y Juan Alberto Blandón. Era algo muy especial que no podía caer en manos de la Guardia.

En ese tiempo ya tenía mis dos hijos mayores, Yelba María que tenía 11 años y Antonio Efrén que tenía 3. Era madre soltera. Ya estaban traumatizados. Mi niño de tres años solo se mantenía en la puerta vigilando la calle para ver si venía la Guardia a llevarme otra vez. Sufrían mucho. Cuando a mí me llevaban presa mis hijos quedaban solos, a cuidado de una vecina.

Seguí viviendo en Ocotal y colaborando con el FSLN todos esos años. Mi situación después del 75 era muy difícil porque me habían corrido del trabajo por sospechar que era colaboradora. Me corrieron sin prestaciones y sin nada.

Yelba se fue a la guerrilla con 14 años.

En el 78 nace mi tercer hijo, una niña, Gema Paola se llama. Cuando tiene tres meses la bebé, mi hija mayor, Yelba María, se me fue a la guerrilla. Tenía 14 años. Se me desapareció la misma noche del bautismo de mi hija menor. Nunca la volví a ver. La mató la Guardia en mayo del 79 en un combate en Nueva Guinea.

En los días antes que ella se va, un informante de la Guardia me le echó un carro en retroceso y casi me la mató. Ése fue un tipo cruel. Se llamaba Pedro Gutiérrez. Siempre fue “oreja” de la Guardia. Seguía a todo mundo, no dormía por estar vigilando a la gente. Era un hombre con instintos criminales, por eso le servía a la Guardia.

Después que se fue con la guerrilla, Yelba pasó varios meses allá en Honduras, en un campamento de entrenamiento guerrillero. No la pude ir a ver cuando estaba allí porque no tenía quien me cuidara a mi niña más chiquita. Es que la niña nació con problemas del intestino y durante su primer año de vida le practicaron cuatro cirugías.

Entonces Yelba está allá en un campamento de guerrilleros, pero son denunciados y a toditos los llevan presos los guardias de Honduras. En la cárcel me la torturó un guardia, un coronel. Me la pateó hasta el cansancio porque él la enamoraba, quería poseerla, y ella lo rechazó, le dio una palmada en la cara. Entonces me la pateó, la torturó terriblemente.

Después hubo un acuerdo de amnistía donde el gobierno de Honduras aceptó liberar a todos esos prisioneros y mandarlos a Panamá. De Panamá ella vino para Costa Rica donde se incorporó al Frente Sur. En el combate donde ella murió fueron 2,500 guardias persiguiendo a 150 guerrilleros.

Exiliada en Honduras.

A mí me dieron la noticia de su muerte en el exilio. Porque más o menos el mismo día que matan a Yelba María a mí me llega una orden del FSLN de que me vaya inmediatamente para Honduras porque la Guardia tiene planes de asesinarme dentro de tres días.

Y era cierto. A los dos días de haberme ido llegó la Guardia y rafaguearon mi casa. Pero yo ya me había ido con mis dos criaturas. Pasamos la frontera con Honduras por un punto ciego y nos hospedamos en un hotel en Danlí esperando que nos vinieran a recoger unos colaboradores de allá.

Pasamos tres días ahí sin dinero, sin comida, sin nada, esperando hasta que por fin llegaron los colaboradores. No podía salir porque la Guardia de Honduras, que se mantenían en constante contacto con la Guardia de Nicaragua, ya sabía que estaba yo por ahí. No tenía qué darles a mis niños. Ni medicina tenía para darle a mi niña. Y la herida de la última cirugía todavía no se le había sanado bien. Imagínese mi situación.

Después nos trasladamos a una casa de seguridad en Tegucigalpa donde yo era la responsable de la casa en cuanto a darles de comer, lavar la ropa, cuidar heridos. Y ahí es donde me cuentan de la muerte de mi hija Yelba. Eso es un golpe que no cualquiera lo resiste. Pasé con una psicosis terrible.

Alegre por el triunfo, triste por mi hija.

A los dos meses ya triunfa la revolución y nos mandan a traer a todos. Nosotros estamos cruzando la frontera a Nicaragua a la una de la madrugada del 22 de julio. Se imagina lo que yo sentía al escuchar esa canción que decía “la tumba del guerrillero, ¿dónde, dónde, dónde está? Su madre está preguntando nadie le responderá.” Muerta en llanto venía. Alegre por el triunfo pero triste por mi hija.

Dos meses después el papá de Iván Montenegro, un comandante guerrillero de Managua que cayó en el mismo combate con Yelba María, me contactó y me dijo que sabía donde la Guardia había enterrado a mi hija. Nos fuimos con él a Nueva Guinea y los desenterramos a seis incluyendo a Iván y Yelba. También desenterramos a Oscar Benavides, un comandante guerrillero de Estelí, y a un niño de 12 años.

Yo pensaba que solo iba a encontrar los huesos, pero mi hija estaba entera. Viera qué grande que se me había hecho.

Yelba fue una de miles de jóvenes que hicieron el último sacrifico por la revolución. Por eso yo quiero la causa Sandinista más que mi propia vida. Ahí está invertida la sangre de tantos jóvenes. Jóvenes que creyeron en nosotros, y creyeron en un mundo mejor.